Te mueres. Y ahí, en medio de la muerte y el desconcierto me dejas el recuerdo de tu odio y tus afanes, de tu vida joven y los mares que me impulsan a odiarte, así, tanto.Te odio la sonrisa desde hace trece años, la sonrisa que era y no era entre tu tumultosa timidez y tus años de hombre nuevo.
Te odio el pelo revuelto y rebelde amenazando con convertirse en el recuerdo del trigo que inundaría mis nostalgias.
Te odio el talento que te hizo emerger entre otros tantos, ganando terreno y comenzándo a darte ese brillo que más tarde te habría de quemar.
Te odio la voz ronca, rasposa y el acento desconcertante, la forma en que no modulas y sin embargo convierte los ámbitos en la tribuna de un teatro donde se aplaude de pie la mejor de tus obras.
Te Odio los años, el tiempo detenido, este estático 22 de Enero que nos regala tu infortunio.
Te odio la imagen serena, esa que nunca hizo presagiar el océano inconmesurable de tu pesadumbre interior.
Te odio las manos grandes, el caminar angustioso, la belleza de tus besos regalados a un guión.
Odio no haberte tenido más cerca.
Odio no tenerte cerca más nunca.
Y odio, por sobre todo, que hayas hecho tus maletas para nunca regresar.
En tu memoria mi caballero,un último beso, en el día de tu muerte.















