
Recuerdo que era la estrella del "Show de Ernesto Caramelo" y que disfrutaba las performances de Rafaella Carrá cuando a duras penas entre las dos lo levantábamos por los aires tratando de contener la risa.
Lo recuerdo en su foto de primero básico, transpirando y con la corbata chueca.
Y en los piques que se pegaba a Apoquindo los Sábados por la mañana para aprender computación, tan animado en poner en práctica la escueta información teórica que recopilaba de los Icaritos.
Lo recuerdo camino al colegio con su buzo azul marino con rayas a los lados que en ese tiempo se compraban en cualquier lado y que ahora están de última moda.
O tocando en una tocata con sus eternos amigos aquellas melodías de Soda y los Beatles secundado por un séquito de nacientes fans.
Lo recuerdo en Los Bochincheros cuando concursó tocando la tuba y se ganó ese rompecabezas de Superman con miles de piezas que nunca pudimos armar.
Lo recuerdo amarrando cajas en el Súper y atendendiendo el puesto en el Persa para ganarse sus primeras monedas, para comprarse sus cancioneros o los posters con que tapizaba la pared.
Lo recuerdo con su partidura al medio recién bañadito y listito para acostarse apenas terminara el Japenning.
Lo recuerdo luchando por abrirse paso en esta vida y lo recuerdo también lográndolo. Y lo extraño.
Pero hoy, hoy solo lo imagino.
Lo imagino en su depto del Centro con todo lo conseguido, sus títulos, sus diplomas, sus tremendo equipos de sonido.
Lo imagino mirando el celular que le suena y apagándolo cuando ve que es alguien de nosotros.
Lo imagino al tanto de lo último en tecnología. Leyendo tal vez el diario financiero, sentado en su sillón de gerente .
Lo imagino con sus dolores, sus recuerdos, sus penas y su soledad.
Lo imagino en las calles de la plaza Ñuñoa, en el cinearte, o escuchando sus últimos Cds de los mejores bajistas.
Lo imagino los fines de Semana, cuando le toca salir con el Nunón llévandolo a los juegos de la Plaza Brasil.
Y de nuevo lo extraño.
Porque quisiera tenerlo más cerca, como antes, como cuando eramos chicos y eramos solo tres y jugábamos todo el día.
Un vez se nos ocurrió decirle que no existía y nos matamos de la risa, le dijimos que no existía en todo el sentido de la palabra, ni si identidad ni sus estudios ni su estado civil. A lo mejor tan buenos fueron los argumentos que se lo creyó. Y a lo mejor tanto se lo creyó que empezó a practicarlo. Y era solo una talla.
Era rico tener un hermano chico y decirlo en el colegio: "mi hermano chico..." Hoy ya no sé bien que decir, no solo porque me dejó hace ya tiempo 30 centímetros más abajo, no solo porque logró una mejor profesión que la mía (por lo que lo de "chico" le puede ofender), sino porque se ha alejado y no hablo de esa distancia de metros o kilometros sino esa distancia más dolorosa y más profunda que es la distancia del corazón. Esa distancia que se da sola, esa distancia que provoca estas nostalgias. Esa distancia que no la provocan ni los conflictos ni las peleas ni los malos entendidos ni las traiciones. Esa distancia que la provoca el tiempo.
Y duele esta lejanía natural, tan sola, tan progresiva. Es el destino de las familias. Es la ley de la vida, es el poblamiento mismo del mundo.
Cuando te aparezcas por la Casa del Castor te prenderé la estufa si tienes frío, te serviré un té en tazón grande, un té con canela como se que te gustan y hablaremos de Cine, de libros, de canciones, de muestras de Arte.
Si te apareces un día por nuestras casas ya no intentaremos levantarte como a la Rafaella, ya no podríamos.
Pero tal vez tiremos las piezas del rompecabezas sobre la mesa e intentemos armarlo una vez más.
Capaz que ésta vez sí lo logremos.