
Jean Baptiste Grenouille poseía el talento del olfato.


A veces siento que hay personas que han nacido con el corazón más grande.
No digo bueno ni mejor, digo grande.
Grande casi literalmente, grande con esa capacidad de ser felices solo asistiendo al milagro de la felicidad de otros.
Grande con más amor para dar del que legalmente les está permitido entregar, eso quiere decir, trascendiendo familia, amistades, parentelas... amor rebosante y verdadero cruzando fronteras y razas, grande abarcando terrenos grandes.
Como los misioneros en tierras inhóspitas, por ejemplo, como los santos (quizá).
A veces siento que el amor que hay dentro del pecho es infinitamente mayor que el que estamos condenados a dar por opción o por papeles.
A veces siento que estoy parada al borde de un acantilado con la certeza absoluta que si doy un solo paso más seré capaz de volar.
Un momento de mi vida en el que soy capaz de todo y en el que el corazón ya no me cabe dentro del pecho, que puedo amar a mil por hora sin importar nada más, por el solo y simple ejercicio de amar, tan solo porque creo que amar es bueno para el alma.
Hace unos días vi Amelie por primera vez.
Fue como asistir al prodigio de una criatura adorable cuyo solo y simple sueño consistía en intervenir estratégicamente en la vida de los demás con el fin de hacerles la vida más amable y feliz.
Amélie, una estratega de la magia (en un Paris que si ya es bellísimo, en esta historia roza lo mítico), que se inventó juegos en las nubes, que lanzó por satisfacción piedras al Sena, que observó a la gente y dejó volar su imaginación me habló del lugar en el que me gusta estar, el mundo entero como un solo torbellino de magia insuflada a los pulmones.
Hay muchos que creen que no se puede, pero se puede.
Es cosa de detenerse y observar, de hacer el ejercicio de escucharse el propio corazón, tan atentamente y en tanto silencio que el bombeo llegue a inundarnos por completo y todo nuestro cuerpo sea un solo latir, un solo sonar de tambores, hasta sentir como el corazón crece y crece de tal modo que se logra amar a una furia y a una velocidad indescriptibles.
Entonces se engarzan prodigiosamente el gusto de reconocernos humanos contradictorios e imperfectos pero conocedores de todos los secretos de la vida y el poder absoluto de hacer crecer el corazón a voluntad para destinarlo al solo placer de repartir magia.
¡Qué sería de nosotros sin las nubes!
Parece una locura.
pero se puede.
Estoy segura que se puede.
Cuando uno escribe es inevitable pensar en los ojos que le seguirán con atención.
Lo visité un par de veces, me gustaba su foto porque lucía guapo. 


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